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Para CH, mi muñeca

UN MUÑECO EN EL JARDÍN

En el jardín encantado
vecino de O Grove al puerto
con las fuerzas de mi  alma
he querido ser muñeco. 
En gargantas de la noche
con el mayor embeleco
entre las hojas de un sauce
deseé ser un muñeco.

Heliconias, girasoles,
ved en cualquier recoveco
de alpinias y calateas
ansío ser un muñeco.

Planté mi propio jardín
decoré mi ánimo seco
ya no me traigan más flores
déjenme ser un muñeco.

Yo deseo ser muñeco
para hallarme entre tus manos
prisionero entre tus dedos
y sentarme en tus rodillas,
reclinarme en tu pecho
y sentir en las mejillas
la caricia de tus besos
y en la frente las cosquillas
de los rizos de tu pelo.

¡Quién pudiera
convertirse en un muñeco!

Abundio

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EL JARDÍN

 

Me llamo Niwá y soy jardinero. Fui budista, ahora soy algo más profundo: un hombre enamorado. Trabajo en el templo del ”Largo Atardecer de Otoño” y sus espléndidos jardines son de arena, riscos y piedras. Otros templos sé que hay, me dijeron los monjes, cubiertos de verdor y flores. Pero éste es Karesansui, un jardín seco. Son sitios ideales para la meditación. La arena rastrillada representa el mar,  y sus ondulaciones, su oleaje. Son para contemplarlos desde una altura, no para caminar en ellos.

Es un trabajo diario ímprobo, pues cuando ventea se desbarata la resaca, los ojos se llenan de arena fina al igual que la nariz y la boca.

Aquí es donde yo, Niwá, he vivido 80 primaveras sin salir del templo. Mi cuerpo es ya un saco de huesos y apenas tengo fuerzas para rastrillar. Algunos monjes jóvenes se burlan de mi torpeza, pero es que nunca leyeron sobre las verdades del Óctuplo Sendero, mas yo les miro con respeto y le hago reverencias a cada uno de ellos.

Pero, Buda perdone mi deseo, siempre quise ver una flor de loto con colores, Es una aberración contra la Primera Noble Verdad y seré castigado por ello, pero me daría mucha ilusión ver un loto rosado de aroma penetrante.

Estoy enamorado de Sushiko, la esposa del Jefe de Funcionarios del Templo. Es un hombre vulgar y falto de educación. Ella, cuando me saluda deja traslucir su afecto hacia mí. Desde hace ya más de un año, él la persigue y no la aparta de su mirada inquisidora. Sé que me odia y desea, conociendo mi edad y mi falta de salud, que muera cuanto antes.

El curandero del santuario me atendió días atrás. Me dijo que estaba ya casi ciego, la tierra del jardín me había destruido los ojos y no estaban mejor mis pulmones, cubiertos interiormente de polvo fino. Le expliqué que ya sólo veía sombras en blanco y negro y le pregunté por mi viaje final en el Samsara. Me dijo que me quedaban menos de cuatro días para el viaje y me alentó pronosticándome que mi Dharma superaba con creces al Karma y que, sin lugar a duda, entraría al Moksha, la unión con Dios.

Ayer me desperté muy mareado y con más tos de la habitual. Me pasaron por la puerta del doble candado la papilla de arroz con col, puerro y zanahoria, pero la dejé intacta. Me dirigí al jardín y, entrando en él con el rastrillo en la mano, caí privado de energía y tosiendo. Al caerme golpeé la cabeza con una roca y en ese momento, ¡oh felicidad!, vi el loto rosado más hermoso: era el rostro de Sushiko. Después, privado ya de toda energía, sentí que una mano tibia, amorosa, tomaba mi mano derecha y unos labios tiernos y ardientes se posaban sobre mis viejos e inertes dedos de la mano derecha…

Niwá murió el año del Caballo de Agua y no ha quedado memoria de él. Sólo yo, Kenso, su amigo del alma, he podido guardar este relato bajo el rostro sereno del Buda Shakyamuni que adorna mi mesa.

 

 

abundio